Proposito

 

Ser una Iglesia pentecostal, sana y con propósito de Excelencia Misionológica, Personal, Administrativa y de Espacios de Reunión, para glorificar a nuestro gran Dios y Salvador, Jesucristo.

Vision

 

Que la IAFCJ se concientice que es llamada por su Señor para ir hasta lo último de la tierra. Las iglesias son como las personas, que cuando nacen no tienen idea de cuál es su destino, sino que simplemente existen. Pero cuando pasa el tiempo van tomando conciencia de sus potencialidades y van descubriendo su vocación. Hoy, nuestra Iglesia está llegando a ese momento. Está a punto de dejar su niñez y llegar a su plena madurez. Para esto es importante entender que de una situación de niñez a una de adultez tienen que experimentarse cambios muy significativos. De otro modo, seremos una iglesia eternamente niña.

Así como una persona al llegar a su madurez puede hacer cosas que antes ni siquiera lo intentaría, así también la Iglesia. Ella tiene que llegar al punto de alcanzar y desarrollar los recursos necesarios y suficientes para que pueda ir tan lejos como su Señor la quiera enviar. En este momento somos muchos los que pensamos que llegó el momento de que nuestra Iglesia traspase la barrera del idioma español e inicie sus trabajos misioneros más allá de las culturas de la tortilla y del frijol.

Los planes perfectos de Dios, para cumplirse, tienen que darse varias circunstancias; y una de ellas es que las Iglesias se conviertan en instrumentos útiles y apropiados para que puedan servir a los planes eternos de Dios. La Iglesia de Jerusalén, en su momento, fue el instrumento que Dios empleó para llevar su mensaje a otras ciudades (Hch. 8:1-6; 11:19); Antioquía (Hch. 13:1-4) fue otra iglesia que cumplió el rol que Dios le asignó al enviar a Bernabé y a Saulo como misioneros.

Así como todo individuo debe estar preparado para vivir las diferentes fases de su vida, nuestra Iglesia debe estar preparada para vivir este momento.

Mision

Jesús, en la casa de Zaqueo, hizo una gloriosa declaración.  Él dijo que “el Hijo del hombre había venido a buscar…lo que se había perdido” (Lc. 19:10). Y nosotros sabemos que “buscar” al pecador implica un enorme esfuerzo. Para Jesús significó el venir al mundo en forma humana y someterse a un proceso que concluyó con la muerte en la cruz (Fil. 2:9). Y para la Iglesia representa la tarea evangelizadora que tanto enarbolamos y que tan poco hacemos. La razón de esta falta de congruencia entre lo que decimos y lo que hacemos es muy fácil de explicar: Casi siempre no tenemos plena conciencia de lo que realmente significa la salvación que nos ha sido regalada. Parece que aquellos que fueron alcanzados en un ambiente escandaloso de pecado, viven más plenamente su experiencia de conversión que aquellos que se han bautizado habiéndose criado en un hogar cristiano. Se observa que en los primeros hay más entrega a favor de buscar a los perdidos. Sin duda que esta hermosa tarea requiere de una verdadera pasión.

Buscar al pecador incluye también el uso y dominio de estrategias actuales. Ciertamente hay principios universales que nos permiten desarrollar esta tarea en forma similar a los tiempos bíblicos; no obstante, en la actualidad se han desarrollado y probado con éxito nuevas estrategias que le permiten a la iglesia ser más efectiva en estos tiempos en que resulta más complicado ganar a un pecador. Si la iglesia tiene suficiente pasión, pero le falta desarrollar estrategias actuales, su trabajo se va a ver limitado. Son necesarios los dos elementos: La pasión y las estrategias actuales.

En la misma declaración de la casa de Zaqueo, Jesús dijo que había venido además de buscar, a salvar a los perdidos. Entre buscar y salvar hay una gran diferencia. El primer verbo implica solamente el ir a localizar al pecador. El segundo verbo implica una lucha en contra del que tiene cautivo al pecador y de quien se le va a salvar. Por lo tanto, hay una connotación de violencia. Entonces, si buscar al pecador requiere de una pasión y de una estrategia apropiada, con más razón el acto de salvar. Precisamente porque implica una batalla. Esta fase del ministerio requiere valor, consagración, estrategias apropiadas, una tremenda pasión y capacidad para poder soportar todas las luchas que habrá de tener. La lucha será absolutamente real y difícil, en la que los cobardes mejor desistirán

  Esto es determinante para ir hasta lo último de la tierra.